Enrique III de Castilla

Introducción

(Burgos, 4-X-1379 – Toledo, 25-XII-1406). El Doliente. Rey de Castilla (1390-1406). Hijo de Juan I de Castilla (1379-1390) y de Leonor de Aragón, hermano del futuro Fernando I de Aragón (1412-1416) y padre de Juan II de Castilla (1406-1454) y de María de Castilla, esposa de Alfonso V el Magnánimo de Aragón (1416-1458). Contrajo matrimonio (1388) con Catalina de lancaster, nieta de Pedro I el Cruel de Castilla (1350-1369). Estuvo afectado desde la niñez por diversas enfermedades que dieron lugar al sobrenombre de El Doliente. Sin embargo, esta circunstancia no fue obstáculo para que demostrase una gran dedicación a las actividades de gobierno, en las que desplegó una energía muy notable, cuya consecuencia fue la mayor consolidación del régimen monárquico Trastámara, asegurando la expansión de la autoridad regia y tomando una gran diversidad de iniciativas por parte de la realeza castellana en orden a asegurar la consecución de este objetivo. No es casualidad que durante este reinado comience a hacerse un uso más frecuente en la documentación procedente de la Cancillería Real de fórmulas alusivas a las más amplias pretensiones de autoritarismo regio, pudiéndose encontrar ya alguna alusión a un primitivo concepto de soberanía con pleno sentido político. También es acorde con esta situación el mayor relieve y la mayor frecuencia de ceremonias políticas protagonizadas por la realeza, con las que se favorecía una cierta imagen propagandística y legitimadora de ésta, del mismo modo que se tomarán algunas iniciativas de carácter artístico que contribuirán también a prestigiar a la Corona, siendo buen ejemplo los Reyes Nuevos de Toledo. Pero, probablemente, la consecuencia política más significativa de este reinado sea lo que Emilio Mitre ha enunciado como la “reestructuración nobiliaria”, que dio lugar a la definitiva configuración de la denominada nobleza nueva nacida con la dinastía Trastámara. Sin embargo, la muerte de su predecesor, Juan I, dejará al reino castellano en una situación muy delicada, como consecuencia de que Enrique III tan sólo contaba por entonces con once años, lo que daba paso a una etapa de minoría de edad necesariamente inquietante por la diversidad de intereses contrapuestos entre las facciones políticas con mayor poder e influencia. A principios de 1391 se reunieron las Cortes en Madrid con el fin prioritario de establecer un Consejo de Regencia que asegurara la gobernabilidad del reino. Ya desde el mismo momento de la muerte de Juan I, en octubre, se habían ido formando en el seno de la Corte diversas alianzas políticas que pretendían opciones distintas para el periodo de minoría, siendo los dos personajes más significativos el arzobispo de Toledo Pedro Tenorio, partidario de una máxima limitación en el número de miembros del Consejo, que facilitase la consolidación del autoritarismo regio, frente a una fórmula de Consejo amplio, que diese cabida a los intereses de las principales familias nobles que inevitablemente tendrían que producir el debilitamiento de la preeminencia real. Se impondría esta segunda fórmula, quedando constituido el Consejo de Regencia por catorce procuradores, ocho nobles, dos prelados y el resto, representantes de las ciudades. Esta solución sería rechazada por Pedro Tenorio que trabajaría para reducir la credibilidad de los consejeros. Mientras, las Cortes, desempeñarían un importante papel de arbitraje, alcanzando probablemente ahora el mayor peso político de toda su trayectoria medieval, para entrar inmediatamente en decadencia, apenas se haga cargo de la Corona el monarca ya de forma efectiva. En 1391 se produjeron los asaltos de juderías y las matanzas de hebreos en el contexto de una fuerte enfervorización antisemita que la falta de una autoridad regia sólida impidió controlar. Las primeras manifestaciones en Castilla tendrían lugar en Sevilla a raíz de las predicaciones del arcediano Ferrán Martínez. Consecuencia de estos hechos serán las conversiones por temor a los actos violentos que darán origen a lo que se conoce como el problema converso, de tanto peso en la evolución histórica castellana del s. XV (v. conversos). Las fuertes disensiones entre los distintos miembros del Consejo, así como las intrigas de Pedro Tenorio, forzarán el prematuro reconocimiento de la mayoría de edad del monarca, que tendrá lugar en Las Huelgas (Burgos), el 2-VIII-1393, contando sólo catorce años de edad. Objetivo principal de Enrique III, tras la toma del gobierno efectivo, será asegurarse su preeminencia sobre los dos sectores que más amenazaban su autoridad tras la minoría: la alta nobleza y las ciudades. En su consecución tendrá un gran protagonismo el ya citado arzobispo de Toledo, como decidido partidario del personalismo regio. El sometimiento de la alta nobleza llevará al monarca a enfrentarse con los denominados “epígonos Trastámara”, es decir, los representantes de los linajes emparentados con la propia realeza Trastámara y que habían engrandecido extraordinariamente su patrimonio y su fuerza política tras el acceso de la nueva dinastía al trono. Episodios básicos de esta política de sometimiento fueron la confiscación de las tierras del duque de Benavente y de Leonor de Navarra, quien habría de abandonar el reino de Castilla para volver con su marido; la derrota del conde Noreña en Gijón, la recuperación por el rey de los señoríos del marqués de Villena y el sometimiento a su autoridad del conde de Trastámara. Sin embargo, este conjunto de victorias que suponía la definitiva desaparición de la esfera nobiliaria de personajes poco afectos a los intereses del poder regio, sólo pudo conseguirse con la colaboración, que exigiría de recompensas, de otros nobles, en especial, de una nobleza de servicio de segundo orden, cuyos linajes pasarán a protagonizar buena parte de la vida política del s. XV, y del infante Fernando, que habrá de ser conocido como Fernando de Antequera, quien se asegurará un lugar político de primer orden como regente de Castilla tras la muerte prematura del propio Enrique III. La política exterior de Enrique III continuó en sus líneas generales la que ya había quedado establecida al término del reinado de su padre, por la que se había tratado de reducir los focos de tensión a dos frentes: Portugal y Granada, tratándose, en cambio, de estrechar lazos con Aragón, Navarra y Francia y evitándose los conflictos con Inglaterra. No obstante, este planteamiento pasaría por momentos difíciles, sobre todo en lo referente a las relaciones con Francia y Aragón, tras la elección de Benedicto XIII, en 1394, como papa de Aviñón, en el contexto del Cisma de Occidente (v.), lo que haría oscilar a Castilla entre la postura francesa y aragonesa. Con Portugal acabarían rompiéndose las hostilidades en 1397, hasta que dos años más tarde se consiguieran unas treguas. Las relaciones con Granada se limitaron a escaramuzas fronterizas, hasta que, una vez concluida la paz con Portugal, Enrique III se planteó la preparación de campañas ambiciosas sobre el reino de Granada, en las que venía pensando desde hace tiempo.

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