Religión

Prehistoria y antigüedad

Las prácticas religiosas han estado estrechamente vinculadas a la vida del hombre desde tiempos prehistóricos, como testimonian los hallazgos que han resultado de diversas excavaciones practicadas en distintas regiones del mundo. La Península Ibérica no es una excepción; así, se puede atribuir valor religioso a las prácticas rituales de las que se han hallado indicios en yacimientos como los de Atapuerca (Burgos) y Gavà (Barcelona), donde se encontró una estatuilla de Venus, vinculada al culto de la fertilidad, perteneciente al Neolítico (h. 3000 a.C). También los ritos funerarios practicados por entonces tenían, en cierta manera, una dimensión religiosa, aunque no sea posible personalizar las divinidades a las que se dirigían. Los pueblos establecidos posteriormente en la Península (iberos, celtas, tartesios y celtíberos, entre otros) desarrollaron cultos naturalistas, que divinizaban ríos y montañas con peculiaridades propias, según el territorio; también la Luna era tenida por divinidad, del mismo modo que la diosa Epona lo fue para los celtas. Los fenicios (h. 800 a.C.) introdujeron el culto a Melkart de Tiro -que ha sido asimilado a Hércules-, a quien consagraron un templo en Gadir (Cádiz), hoy sumergido bajo las aguas; a Tanit, cuya versión cartaginesa fue la Dea Caelestis, y a Astarté, así como el culto a los Gabiros, hijos de Sydyk y que representaban los elementos creadores del universo. Kypris, Salambo y Mâ-Bellona fueron otras divinidades que llegaron hasta la época romana. Precisamente, la romanización supuso el cambio de nombre de algunos de los dioses anteriores -Astarté pasó a llamarse Minerva y Tanit se convirtió en Juno- y la incorporación de nuevos cultos al panteón peninsular: Marte, Júpiter, Diana y Apolo, entre otros.

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